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Rafael CárdenasBiografía
Meta para el Bicentenario: el liderazgo que nadie asume
Me parece que la actual clase política, que a nadie representa, debiera entender que para recuperar el respeto ciudadano, hay que volver la vista a lo que nos hizo grandes como pueblo, devolviéndonos la dignidad de ciudadanos, aquello que nos permitió triunfar por sobre el poder omnímodo de la dictadura en el histórico plebiscito del 5 octubre de 1988, i.e., el deseo sincero de democracia y la participación ciudadana en su consecución.
Aquel triunfo representó una auténtica gesta popular, que se logró por el sistemático trabajo de los ciudadanos, quienes entendíamos que dicho 5 de octubre estaría llamado a marcar el inicio de un proceso de transición a la democracia, en el que el pueblo conservaría el mismo protagonismo que había dado tan buenos frutos.
Desgraciadamente, las dirigencias de los
partidos concertacionistas prefirieron desvincularse de la ciudadanía y entrar
en conversaciones con el Gobierno Militar, representado por su Ministro del
Interior Carlos Cáceres, para obtener una reforma consensuada de
A poco andar, el Presidente Aylwin nos
notificó que
La verdad es que todo lo que hemos vivido después, no ha sido sino un gigantesco autoengaño de la clase política.
En efecto, aunque nuestros políticos
esquiven el bulto y pretendan hacernos sentir orgullosos de nuestra estable y
asentada democracia, el hecho cierto es que la población no siente como propia
ni menos se enorgullece de esta democracia de mentira, en la que no tiene
ninguna participación real; en que sufrimos por varios lustros una
representación senatorial minoritaria para la coalición con el mayor respaldo
de sufragios; en que, pese ha habérsele otorgado el triunfo en cuatro
elecciones presidenciales sucesivas a tal coalición, aún no hemos conocido
propiamente el Gobierno de
Si la democracia se define como, "el
gobierno de la mayoría con respeto de la minoría", ello no se corresponde
para nada con el sistema político ideado por Jaime Guzmán e instituido por la dictadura
en
Esto es lo que sus partidarios han denominado, "Democracia de los Acuerdos" o "política de consensos" y que yo, ante lo que hemos conocido, prefiero motejar de, "Democracia de los Conciliábulos", totalmente contraria a un régimen democrático y generadora de una casta o élite sin contacto alguno con la ciudadanía.
Si hemos de seguir viviendo bajo esta
institucionalidad heredada de la dictadura, sería más honesto de parte de esta
élite política desvinculada de los gobernados que reformaran
A propósito del sistema binominal, hay que destacar que éste no es propiamente un sistema electoral, ya que está diseñado para impedir que la mayoría electoral se vea reproducida como tal en el Congreso, mediante la sobrerepresentación de la minoría, con un consecuente empate de fuerzas, lo que es una burla de la voluntad del electorado. Por ello, más que un sistema electoral, representa un fraude electoral.
Y precisamente porque el binominal no constituye un sistema electoral, sino un fraude electoral, es que sus partidarios no logran ponerse de acuerdo al caracterizarlo dentro de los auténticos sistemas electorales. Así, mientras algunos suelen tildarlo de "mayoritario", otros lo motejan de "proporcional". Ello ocurre porque el binominal no está entre los sistemas electorales democráticos (que son proporcionales o mayoritarios, con sus diversas variantes, pero, todos ellos, con la característica común no menor de que siempre otorgan el triunfo a la mayoría y no lo impiden, como en nuestro caso), sino que representa una entelequia rara que sólo podría ser calificada de, "sistema electoral minoritario", lo que es en sí un contrasentido, pero, sin duda, también un éxito postrero de su autor, Jaime Guzmán, quien lo tramó en pro de la dictadura y la perpetuación de su legado, mediante el expediente de impedir el gobierno de la mayoría (nada menos que la materialización de la democracia) a través de la sobrerepresentación de la minoría (33%=66%), lo que le otorga a esta última un poder de veto frente a la mayoría, obligando al cogobierno -que es lo que hemos vivido hasta el presente- para evitar el inmovilismo.
Además de la distorsión de la voluntad
ciudadana que se obtiene con este fraude electoral que representa el sistema
binominal, hay que añadir que ella se ve acentuada debido a que el voto de
Por otra parte, a aquellos que se desesperan
por la falta de alternancia en el poder y que, no obstante la trágica
experiencia de nuestro 11 de septiembre con todas sus secuelas, se permiten
llamar al "desalojo" de la coalición gobernante, habría que
recordarles que es la institucionalidad por ellos diseñada la que consagra el
inmovilismo. Es nuestro sistema político ultra presidencialista consagrado en
Si queremos una sana política de acuerdos, legítima y efectiva, démonos nosotros, los ciudadanos, el poder constituyente originario, una nueva Constitución y optemos por el sistema parlamentario (o semipresidencial, en su defecto), régimen político en el cual, lo que prima son los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero consumados por los legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc ideada bajo un régimen de facto y cuya llave maestra es el antidemocrático sistema binominal, sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.
La derecha, igual de insensible al
sentimiento nacional que la coalición gobernante, tampoco percibe que mientras
sigamos en esta camisa de fuerza que representa
Cuando defiendo y postulo la adopción del
régimen parlamentario para nuestro país, me estoy refiriendo a lo que se
entiende por tal en el Derecho y la ciencia política, que ciertamente no se
corresponde con la experiencia posterior a
Este régimen parlamentario que postulo
debiera contemplar un Parlamento unicameral. Hay que destacar que la vigencia
de
Por todo lo señalado, me temo que mientras
no arribemos -a través de una Asamblea Constituyente cuyos integrantes no
puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes y no mediante una
parodia de acto cívico como aquel fraude de 1980- a una Constitución que nos
represente a todos, nuestra Transición seguirá en suspenso. Admitamos que
En los albores del Bicentenario de nuestra
República Independiente, estamos en el momento propicio para promover una
institucionalidad que ponga fin a nuestra frustrada Transición y se nos
presenta la oportunidad de optar por el régimen parlamentario de gobierno, la
mejor y más acabada materialización de la democracia, con expresión en los 5
Continentes y que representa el canon de
Finalmente, digamos que el régimen parlamentario de gobierno, cuando se ha planteado, como ocurrió a principios de la década de los noventa, ha recibido un apoyo de carácter transversal entre nuestras fuerzas políticas, por lo que su proposición como la forma de poner feliz término a una Transición eterna, lejos de representar una idea peregrina, resulta mucho más realista que seguir disfrazando de democrática, con parches y más parches, una institucionalidad espuria e ilegítima que a nadie representa y que sólo puede avergonzarnos.
Este es el liderazgo que nadie asume y que
está disponible para quien quiera hacerlo suyo, incluidas las fuerzas de
derecha. Por ello resulta tan valioso el voto unánime del último Congreso
Ideológico de
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